Por qué Argentina no debe parar

 

Eric
Eric W. Grosembacher

Son muchos los trabajadores argentinos que desde hace más de un año están pasando por momentos difíciles como resultado de una década de una mala administración. Un abultado déficit fiscal, un cepo cambiario que drenó de reservas al Banco Central, una infraestructura deteriorada, una educación destruida, una carencia en la generación de empleo y una hiperinflación contenida originada por la sustancial emisión monetaria que financió al déficit fueron las principales causas de la recesión del 2016, de un desempleo preocupante en el primer semestre y de nada menos que de dejar al 32,2% de los argentinos en situación de pobreza.

Si bien ya hace más de un año -pero nada más que 16 meses- que la administración se renovó, está claro que para refaccionar una casa con caños rotos, humedad y vigas partidas a la mitad, hay que hacer obras que al comienzo implicarán romper algunas paredes.

La pregunta que debemos hacernos entonces es: ¿ayuda el paro del 6 de abril a revertir la situación descripta y contribuye a que el país salga adelante, empezando por aumentar el empleo y el ingreso de los trabajadores? Spoiler alert: la respuesta es no.

No existe un sólo ejemplo en la historia económica de una sociedad que se haya hecho rica o haya salido de sus miserias económicas parando. Tampoco fue de esta manera, ni con cortes de calle o piquetes, que el ingreso promedio mundial creció diez veces en el último siglo. La teoría económica y la evidencia empírica explican que los salarios aumentan cuando aumenta la productividad. Esto es por una sencilla razón: el ingreso de cada trabajador está directamente relacionado con lo que la producción de ese trabajador vale para la empresa (es decir, las ganancias que le permite obtener). De manera que si el salario estuviera por encima de ese valor, la empresa perdería competitividad en el mercado y, en última instancia, se vería obligada a despedir empleados o cerrar.

Para que crezcan los salarios debe crecer la productividad, y los saltos de productividad requieren de esfuerzo, innovación, educación, sacrificio y/o desarrollo tecnológico: en ninguno de estos conceptos figura como fuente el paro de los trabajadores. Por el contrario, el paro disminuye la productividad, hace más costosa la contratación de personal y en el largo plazo termina bajando el salario y reduciendo la demanda de trabajadores: si el factor trabajo se encarece, se buscará reemplazarlo por otros (tecnología, maquinaria) y contratar cada vez menos empleados.

Por otra parte, un paro no solo perjudica a la empresa que cesa la actividad, sino también al resto de la población que utiliza los bienes y servicios de aquella. Sin ir más lejos, un ejemplo concreto: este 6 de abril se está realizando en Buenos Aires el Foro Económico Mundial de Latinoamérica y cientos de inversores de todas partes del mundo tuvieron que reprogramar sus vuelos debido a la cancelación de la mayoría de ellos. De la misma manera, miles de personas sufrirán dificultades para llegar a sus lugares de trabajo o estudio, en muchos casos teniendo que ausentarse. En otras palabras, se está afectando no sólo el derecho a la libre circulación sino también el derecho al trabajo. Un costo que lo termina pagando toda la economía.

La mejor medida para los trabajadores es la que consigue, a la vez, un aumento del nivel de empleo y un aumento de los salarios. Y eso solo se consigue a través del esfuerzo de cada uno de nosotros, trabajando más, y no menos. Es una medida de larguísimo plazo e implica un cambio en la concepción política de los ciudadanos y nuestros dirigentes.

Es momento de comprender que la riqueza de los países no deviene de pedirle al Estado más presupuesto, de cortar la calle para pedir más políticas intervencionistas, o de parar una empresa para apretar a sus patrones.

La historia económica lo demuestra. Si hay algo que debemos exigirle al gobierno, son medidas que fomenten la productividad, el crecimiento tecnológico y la inversión. Esto es: menos impuestos, más y mejor infraestructura, más y mejor educación y menos trabas al sector privado. Y para eso, lo primero es exigir la disminución del tamaño gasto público que hoy carga sobre los hombros de los contribuyentes.

Cesar nuestras actividades no es la alternativa a la pobreza. Si queremos dejar el pasado atrás y no volver a tropezar con el mismo peldaño, la Argentina de hoy necesita del esfuerzo de cada uno de nosotros. Hoy, más que nunca, Argentina no debe parar.

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