Un Martirio Anunciado

Nuevamente los argentinos somos testigos de un evento catastrófico que pudo haber sido evitado de no ser por nuestra eterna pasividad ante la necesidad de un cambio de rumbo. La historia continuamente nos ha dado lecciones, mostrándonos de las formas más extremas que algo estamos haciendo mal, pero pareciera que nunca alcanzará para aprender de nuestros errores. Luego de tocar fondo, aparecen las reflexiones y decisiones claves para modificar el curso de acción, solo para que el patrón vuelva a repetirse tarde o temprano: Malvinas, la AMIA, René Favaloro, el 2001, Cromañón, y ahora el ARA San Juan. ¿Llegará el momento en que maduremos como sociedad?
El 15 de diciembre se cumplirá un mes desde la desaparición del submarino ARA San Juan y sus 44 tripulantes a bordo. En principio, las energías de todos se concentraron en una intensa búsqueda por encontrar rápidamente a los posibles sobrevivientes de la embarcación, objetivo primordial de las autoridades responsables. Con el correr de los días, comenzaron a desvanecerse las esperanzas de encontrarlos con vida, y claro, el cariz del asunto también empezó a tomar otro color. Desde el 30 de noviembre oficialmente ya no se buscan sobrevivientes, sino los restos del submarino. Las últimas noticias, junto con los continuos partes oficiales de la Armada que poco informan, indican que el gobierno está próximo a decretar cuantos días habrá de duelo por los marinos, confirmando así la respuesta del ministro de defensa, Oscar Aguad, cuando se le consultó si efectivamente estaban fallecidos (“Exactamente”). Y nosotros, la sociedad y sus medios de comunicación, como en cada trágico evento de estas magnitudes, debemos encontrar alguien a quien responsabilizar por el hecho. Tienen que “volar cabezas”.
Desde el gobierno, el presidente Mauricio Macri parece haber recordado ahora que su función le otorga el cargo de Comandante en Jefe de las FF.AA., y necesitó del hundimiento de una embarcación y pérdida de vidas para reflexionar sobre la necesidad de un cambio radical en nuestras Fuerzas (en principio comenzaría cambiando enteramente la cúpula de las mismas). Siendo solo cuestión de tiempo para que el gobierno oficialice el fallecimiento de los tripulantes, las masivas opiniones no se hicieron esperar en los medios, principalmente respecto a qué debe hacer el propio gobierno y de quién es la culpa de este suceso. Los noticieros diarios empezaron a invitar ex miembros de las Fuerzas y analistas especializados en el tema, como Rosendo Fraga, quien afirmó que “el gobierno debe aplicar una total reforma de defensa en 90 días”. Los muy presentes fantasmas de la “corrupción K” reaparecieron, presentándose como probables culpables del hundimiento del submarino, que estuvo en reparación entre 2009 y 2016. También dieron de que hablar las palabras del actual Jefe de Gabinete, Marcos Peña, en el informe oficial de la devolución de la nave a la Armada, quién destacó “la reparación de “media vida” del Submarino ARA San Juan que extendió en 30 años más la vida útil del mismo”. En las redes sociales se mostraron cientos de comentarios brindándoles fuerza y apoyo a los familiares de los desaparecidos, apuntando principalmente contra el gobierno y los jefes de la Armada por la lentitud o falta de claridad en sus comunicados; apareciendo también en el otro extremo vergonzosas y nefastas frases carentes de sentido alguno, como “después de lo de Maldonado no puedo solidarizarme con los militares” y “44 menos”. Entonces, repito: ¿Llegará el momento en que maduremos como sociedad?
La realidad es que no hay un sector enteramente responsable, sino que la culpa recae en la sociedad argentina en conjunto, portando la negligencia de las autoridades y la interminable indiferencia de una ciudadanía que parece nunca recapacitar como banderas de la catástrofe. Y me remito a la frase de Jorge Lanata para englobar esta postura: “El ARA San Juan comenzó a hundirse en 1983”. Desde aquel año, todos los gobiernos que han pasado son responsables del sistemático e injustificado desmantelamiento de nuestras Fuerzas Armadas, y las propias autoridades de las estas, como también los ciudadanos, son garantes por haberlo permitido. Junto con este proceso de destrucción, los gobiernos han tomado dos posturas respecto a ellas: desprestigiarlas y ningunearlas con el solo objetivo de hacer un cínico uso político, o simplemente darles la espalda y dejarlas ahí, como si fueran un agente externo que nada tiene que hacer en Argentina. Así, la corrupción de Cristina Kirchner es tan responsable de la muerte de estos 44 héroes como la pasividad de Mauricio Macri, que no generó ningún cambio real en ellas en dos años de mandato presidencial. Y nosotros paulatinamente hemos ido aceptándolo, llegando incluso a percibir como algo extraño el hecho de que un ciudadano quiera integrarse a las Fuerzas. Como si fuese un oficio indigno, cuando no hay nada más digno que representar y prestar servicio a la nación en los casos de seguridad más extremos.
¿En que se sustenta este trato despectivo hacia los miembros de nuestras Fuerzas Armadas? En las facturas que la sociedad les sigue cobrando por los aberrantes hechos cometidos por el último gobierno de facto (cuando los actuales altos mandatarios militares rondaban en sus 20 años de vida). Esa herida está lejos de cerrarse debido al uso que le han dado ciertos sectores políticos que, utilizando reclamos legítimos, llevaron la situación a otro extremo, convirtiendo a las Fuerzas en el enemigo y adjudicándose la lucha de los derechos humanos como propia. La hipocresía como un recurso de confrontación, especialmente de quienes se identifican con la izquierda política, llevó a que estos derechos sean solo para un sector de la población, mientras que a la otra parte, por el simple hecho de desempeñar un oficio militar, no les corresponden en absoluto. Es así como triunfa el odio y la indiferencia hacia aquellos ciudadanos que son los primeros en aparecer en casos de urgencia, como los desastres naturales que afectan a miles de personas en nuestro país, y prestan servicios humanitarios en una enorme cantidad de tareas domésticas y externas que ni siquiera se relacionan directamente con los conflictos bélicos. Y es así como, sabiendo que la cuestión debe cambiar pero manteniéndonos callados, hundimos al ARA San Juan.
Ante tanta indignación e impotencia, rescato las palabras de Jorge Bergallo, quien fue comandante de la Fragata Libertad y del propio ARA San Juan, y padre de Jorge Ignacio, uno de los 44 tripulantes: “Estaban haciendo lo que eligieron hacer, estaban prestando un servicio que el país necesita. (…) El martirio no se elige, es una gracia concedida.” Esta pérdida es enorme, y representa la primera gran consecuencia catastrófica de 34 años sin tener un proyecto definido en defensa y seguridad para la Argentina, 8va superficie del mundo. Pero quienes más la sufrieron, hoy son auténticos mártires, y se fueron honorablemente prestando un servicio a la Patria. Ahora es el momento de que este martirio no haya sido en vano y recapacitemos, volviendo a darles el rol que se merecen a nuestras Fuerzas Armadas. Lamentablemente, como dije antes, pareciera que siempre es necesario llegar a estos extremos para que comencemos a replantearnos realmente la situación.
Sea cual fuese la causa del hundimiento, todos tenemos cierto grado de responsabilidad con el ARA San Juan, porque fue una tragedia anunciada (como tantas otras), pero ninguna autoridad se hizo cargo, y nadie se encargó de manifestar realmente la imperiosa necesidad de modificar la situación con las Fuerzas. Y estas son las consecuencias: 44 patriotas perdidos y uno de los pocos submarinos de nuestra Armada hundido. Esperemos que por lo menos haya constituido ese momento bisagra que la Argentina siempre parece necesitar para cambiar, y que esta vez maduremos en serio como sociedad.

 

Autor: Tomas Bronzovich

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